Biografía
Sylvia nació y se crió en Mataró, una ciudad costera de Barcelona. Su infancia, al menos desde fuera, parecía envidiable: una casa cómoda, una familia con dinero, buenos colegios y todas las facilidades que alguien podía pedir para crecer sin preocuparse demasiado por el futuro. Sus padres se aseguraron de que nunca le faltara nada material, pagándole desde muy pequeña los mejores estudios y rodeándola de oportunidades. Sin embargo, hubo algo que el dinero jamás logró suplir: el amor paterno.
Su padre siempre fue una figura ausente. Estaba ahí en teoría, pero no en la práctica. Sus apariciones eran frías, escasas y casi siempre ligadas a obligaciones familiares más que a un interés real por ella. Durante años, Sylvia intentó justificarlo. Primero lo echaba de menos, luego le dolía, y finalmente acabó odiándolo. Ese vacío se convirtió en una herida profunda que, con el tiempo, aprendió a esconder bajo una capa de orgullo, disciplina y desprecio.
La llegada al instituto no hizo más que empeorar las cosas. Sylvia empezó a mostrarse cada vez más arisca cuando salía el tema de los padres, especialmente el suyo. Se negaba a hablar de él, repudiaba abiertamente la figura paterna y, en ocasiones, soltaba comentarios hirientes sobre los padres de los demás, como si cualquier muestra de cariño familiar le resultara irritante. Aquello no tardó en llamar la atención de sus compañeros, y el resentimiento que cargaba encima se convirtió en un blanco fácil. Algunos alumnos empezaron a burlarse de ella, tachándola de tener “daddy issues”, una etiqueta que Sylvia detestaba… aunque en el fondo sabía que no nacía de la nada.
Pero ni los rumores ni las burlas consiguieron desviarla de lo que mejor se le daba: estudiar. Sylvia era brillante, metódica y tremendamente ambiciosa. En el instituto destacó por sus notas impecables, y en sus estudios superiores mantuvo esa misma línea con una exigencia casi enfermiza. Siempre se sintió atraída por todo lo relacionado con la administración, la justicia, la economía y las finanzas, aunque también conservaba cierta curiosidad por las ciencias, especialmente por la forma en que estas podían cambiar el mundo cuando caían en las manos adecuadas… o peligrosas.
Con los años, se licenció en Administración de Empresas y Derecho con matrícula de honor. Fue una hazaña enorme, fruto de una disciplina brutal y de incontables noches sin dormir. Cualquiera habría esperado una mínima muestra de orgullo por parte de su padre, aunque fuera una felicitación seca, torpe o distante. Pero no hubo nada. Ni una llamada sincera. Ni una palabra de reconocimiento. Para Sylvia, aquel silencio fue la confirmación definitiva de que no le debía absolutamente nada.
Tras graduarse, empezó a trabajar en una empresa competidora de Barpharma. Allí no tardó en hacerse notar: eficiente, fría cuando hacía falta y con una capacidad casi quirúrgica para encontrar errores legales, agujeros administrativos y oportunidades financieras donde otros solo veían papeleo. Sylvia no era simplemente buena en su trabajo; era de esas personas que parecían haber nacido para tomar el control de cualquier estructura corporativa y hacerla funcionar a su manera.
Entonces llegó el T-Day.
Por suerte para ella, en el momento del caos se encontraba en lo alto del edificio de su empresa, lejos del desastre que estaba sacudiendo las calles. Ella y sus compañeros siguieron las noticias todo lo que pudieron, al menos hasta que la electricidad empezó a fallar. Mientras el país se sumía en el pánico y las imágenes de las diferentes gigantas aparecían en pantalla, la mayoría reaccionaba con horror, incredulidad o miedo. Sylvia, en cambio, no podía apartar la mirada. Había algo en aquella destrucción, en aquella escala imposible y en la presencia abrumadora de esas mujeres colosales, que no solo la inquietaba: la fascinaba.
Cuando el mundo empezó a recomponerse, Sylvia desarrolló un interés genuino por la empresa responsable de aquel cambio histórico: la antigua Barpharma, ahora transformada en Sincorp. No lo veía únicamente como una catástrofe corporativa o científica, sino como el nacimiento de una nueva era. Y ella quería estar dentro. Se esforzó por llamar la atención de la compañía, moviendo contactos, enviando propuestas y dejando claro que su currículum no era solo excelente, sino exactamente lo que Sincorp necesitaba para sobrevivir al caos legal, financiero y político que se les venía encima.
No tardaron en contratarla como jefa de administración.
Al principio, Sylvia se centró en hacer lo que mejor sabía: poner orden donde todos los demás veían un incendio. Gestionó contratos, riesgos, reclamaciones, estructuras internas y negociaciones con una eficacia impecable. Pero poco a poco, su relación con Sin empezó a ir más allá de lo profesional. Pasaban horas juntas revisando documentos, estrategias legales y decisiones críticas para el futuro de Sincorp. Sylvia admiraba la mente científica de Sin, su ambición y esa forma tan suya de actuar como si el mundo entero fuera un laboratorio esperando a ser rediseñado.
Lo que empezó como tensión, complicidad y alguna que otra noche en la que acabaron follando sin demasiadas preguntas, terminó convirtiéndose en algo mucho más profundo. Sylvia no era una simple amante ni una subordinada fascinada por el poder de Sin. Era alguien capaz de plantarle cara, de discutirle decisiones y de sostener la parte del imperio que Sin no quería —o no podía— manejar. Y quizá por eso Sin acabó confiando tanto en ella.
Actualmente, Sylvia es la vicepresidenta de Sincorp y, a efectos prácticos, casi su CEO de facto. Mientras Sin se encarga de la investigación, el desarrollo científico y los proyectos más imposibles de la compañía, Sylvia dirige todo lo demás: administración, finanzas, asuntos legales, estrategia corporativa y control interno. Es la mano que firma, negocia, amenaza con elegancia y mantiene el monstruo funcionando.
Algunas voces dentro y fuera de la empresa insinúan que su ascenso se debe a su relación con Sin. Sylvia lo sabe. También sabe que quienes dicen eso suelen ser los primeros en quedarse mudos cuando ven su trabajo sobre la mesa. No necesita justificar su puesto ante nadie. Está orgullosa de sus logros, de su inteligencia y de haber llegado tan lejos sin una sola felicitación de aquel padre al que, hace mucho tiempo, decidió dejar atrás.
Personalidad
Sylvia es una mujer fría, brillante y tremendamente ambiciosa, marcada por una infancia cómoda en lo material pero vacía en lo afectivo. Su resentimiento hacia la figura paterna la volvió orgullosa, exigente y poco tolerante con la debilidad ajena, aunque bajo esa dureza todavía arrastra heridas que rara vez permite ver. Es metódica, calculadora y dominante en el ámbito profesional, con una capacidad natural para tomar el control, detectar fallos y convertir el caos en estructura. No busca caer bien ni justificarse: prefiere imponer respeto con resultados. Junto a Sin muestra una faceta más íntima y leal, aunque rara vez sumisa; Sylvia puede amar con intensidad, pero siempre desde una posición de fuerza, complicidad y poder compartido.
Curiosidades
- Tiene la potestad y la confianza suficientes para plantarle cara a Sin cuando no está de acuerdo con algo. Solo hay otra hembra con ese mismo privilegio: la propia madre de Sin.
- Como cualquier hembra de Sinverse que tiene una relación amorosa con una giganta, acepta que Sin tenga sexo con otras hembras, pero Sylvia es la única capaz de imponerse un poco más sobre ella, tanto dentro como fuera de la cama.
Apariciones